¿Porqué un cuadro nos gusta o no?

El arte adquiere toda su dimensión cuando te enseña a mirar la vida”

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 Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), flamante Premio Príncipe de Asturias de las Letras, el arte forma parte esencial “de mi atención, de mis preocupaciones, de mi trabajo, de mis pasiones”. De hecho, en su momento abandonó los estudios de Periodismo en Madrid por los de Historia del Arte en Granada.

 

“Desde siempre me he atrevido a mirar cuadros para contar qué dicen esas pinturas y qué reflejan de quien las creó”, afirma el autor de El atrevimiento de mirar (Galaxia Gutenberg, 2012), una obra que recoge ensayos escritos de manera intermitente a lo largo de dos décadas. Muñoz Molina, al que algo especial en la mirada aflora cuando habla de arte, reivindica el “arte de mirar” y es contundente al mostrarse convencido de que éste “adquiere toda su dimensión cuando te enseña a mirar la vida”.

¿Hay que tener unos ojos especialmente dotados para mirar el arte?

Como he escrito alguna vez, hay un momento en el que los ojos se abren al arte, lo que también ocurre con los oídos y la música o con un idioma con el que hasta entonces se venía peleando con la sensación de no avanzar hasta que de pronto nos damos cuenta de que lo entendemos. Es un proceso.

Se confiesa usted en deuda con una serie de personas que le enseñaron a mirar…

Así es y, como también he dejado por escrito, mi gratitud es mucha con expertos como Pierre Francastel, Giulio Carlo Argan, Erwin Panofsky o Gombrich que me enseñaron a mirar con los ojos bien abiertos, que me enseñaron a ver las obras de arte y buscar su conexiones con el mundo real. Sus miradas me hicieron ver en ellas lo que vieron sus contemporáneos y comprender el lugar que ocupaban en sus vidas.

¿Cómo surge El atrevimiento de mirar?

Uno piensa que el libro es algo que nace de un autor, pero hay libros que surgen de otra manera, que se escriben sin que se sepa que se están escribiendo porque uno va haciendo textos a lo largo del tiempo, hay un editor que tiene una iniciativa, alienta al autor, y lo que era una serie de escritos o ensayos dispersos se convierte en un libro que, cuando uno lo lee, transmite coherencia.

Es el caso de El atrevimiento de mirar, una obra que está ordenada por el orden cronológico que marcan las vidas de los artistas abordados. El más antiguo es George de la Tour y el más moderno Miguel Macaya. Acorde con lo que comentaba, al verlos ahora juntos, el azar de los encargos y del puro paso del tiempo les ha ido dotando de una cierta unidad involuntaria, casi un hilo narrativo, que tiene mucho que ver con la deriva de mis intereses personales y con la ética y la estética implícitas en el trabajo del escritor.

Pero sus ensayos sobre arte trascienden el mero hecho artístico. ¿No es así?

En efecto, en estos ensayos confluyen muchas cosas, como la literatura, la pintura y algo que tiene que ver con El atrevimiento de mirar que se refiere a que Goya es, después de Caravaggio, el primer pintor que se atreve a mirar las cosas como son. El primer pintor que mira el mundo en su propio espanto. Ese atrevimiento de mirar tiene que ver con la estética y con la ética. Porque Goya no sólo mira las canalladas que los invasores franceses les hacen a los españoles indefensos, sino que también mira las barbaridades que los españoles les hacen a los franceses. Mirar es un acto físico, pero también es una acto moral. Al tiempo también es una invitación a que el aficionado tenga el atrevimiento de mirar la pintura, porque generalmente se considera que la pintura es el territorio de los especialistas y nosotros, que somos meros aficionados, obedecemos lo que el crítico o lo que el experto dice. Yo incito al espectador a que se atreva a mirar francamente, abiertamente la obra de arte. A mirarla tal como es. Desde mi punto de vista, la función que tiene una crítica de arte o de literatura es ayudar a que se vea, o a que se lea, lo que tenemos delante de los ojos.

Defiende el derecho a que una obra de arte no nos guste…

Cada cuadro es una experiencia física y en ese sentido reivindico el colocarse ante el cuadro original. Hay que ir a la sala o al museo en el que está. Hay que ponerse enfrente del cuadro porque esa experiencia es incomparable. Es la diferencia que hay entre ver una foto de un plato de comida o comerse el plato.

En el arte hay esa cosa terrible de que algo nos guste porque nos tiene que gustar. Eso es lo contrario de la experiencia estética honrada y placentera. Uno tiene que tener la honradez de decir lo que le gusta y lo que no. A veces me pregunto por qué en todos los ámbitos tiene cabida la libertad de expresión y en el arte eso está mucho menos claro.

¿Se ve como crítico de arte?

El primer artículo que publiqué en mi vida fue una crítica de una exposición. La crítica de arte es una cosa especializada a la que yo no me dedico. Me gusta la crítica que hacía Baudelaire, el modo en que este poeta escribe sobre Delacroix o sobre Goya, o como lo hacía Sthendal, que es el gran modelo para el aficionado pues va mostrando sus reacciones ante las obras de arte. Para mí, la función primordial de lo que yo hago cuando escribo de arte, que lo hago como un observador, es ayudar con la máxima claridad a la comprensión de la obra de arte. Lo que hago está absolutamente al servicio de esa claridad. Me gusta tener información de los cuadros que veo porque al tenerla enriqueces tu mirada y, en realidad, estás viendo otro cuadro distinto y mejor. Esa capacidad que tiene la obra de arte de emocionarte, de ilusionarte, es una de las mejores cosas que hay en la vida y eso está al alcance de cualquiera.

Señala usted que la mirada del cuadro exige también una lectura. ¿Pintura y literatura van unidas?

La mirada es activa. El acto de mirar no es nada pasivo. El ojo está moviéndose continuamente cuando mira y el cerebro está reconstruyendo esas imágenes a una velocidad extraordinaria. El cubismo está deconstruyendo esos pequeños fragmentos que luego se convierten en una secuencia fija. Cada cuadro tiene una historia fundamental. Las Meninas, por ejemplo, estaba pintado para una habitación bastante pequeña a la que solo entraba el rey Felipe IV. Cuando se sabe la historia de lo que estamos viendo, se mira mejor. Goya empieza siendo un pintor de la Corte, que pinta lo que quieren los nobles y poco a poco se convierte en otra cosa. Es importante saber eso cuando miramos sus cuadros.

También recalca la necesidad de entender lo que se ve…

Hay un problema cognitivo y es que las cosas son difíciles de entender. Es difícil saber lo que estás viendo. Tu crees que está pasando algo y lo que está pasando es otra cosa. Nuestros sentidos son limitados, son falibles. Vemos aquello que estamos preparados para ver, predispuestos para ver. Y hay muchos intereses para que determinadas cosas no se vean. Vemos lo que favorece nuestros intereses y no vemos lo que los contradice. Para mi el ejemplo sagrado es Goya, que refleja los abusos de los franceses y, al tiempo, muestra escenas terribles de los españoles. Si uno se fija, en uno de sus cuadros hay una persona apuñalando un cadáver… Es decir, esa visión global nos permite entender mejor algunas cosas. Si el arte sólo sirve para mirar el arte, está bien pero no deja de ser un entretenimiento. El arte cuando de verdad importa es cuando te enseña a mirar y a entender la vida.

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