La simpleza conceptual de Rosa Brun

La Galería Pilar Serra (Madrid) expone por primera vez la obra de Rosa Brun (Madrid, 1955). La muestra recoge el trabajo realizado por la artista durante los últimos meses, unos cuadros pensados específicamente para esta galería en los que reflexiona acerca del espacio y de las relaciones que se establecen entre éste, la materia y el color.

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La obra de Rosa Brun incita a la reflexión, es un juego de dualidades que se enfrentan y a la vez mantienen su equilibrio, colores que se oponen, frialdad y calidez, y una frontera poco definida entre escultura y pintura ya que ambas se invaden e interrelacionan en todo momento. La división fragmentada de las superficies potencia, a través del color, diferentes cualidades perceptivas que interactúan con la arquitectura y el lugar concreto.

La artista tiene un lenguaje global que desde el segundo tercio del siglo XX tiende a eliminar progresivamente lo representativo, en busca de la simpleza conceptual. La ausencia de formas y el vacío de significado supone que el visitante se enfrente a una pintura pura, una abstracción que si logra captar en su profundidad le proporciona una intensa experiencia artística, a veces difícil de explicar.

Geometría

Cuando Rosa Brun habla de su trabajo asegura que su proceso de creación incide en la transformación de la percepción que alcanza tanto a aquello que se ve como el interés que suscita lo que sugiere, lo que es evocado en la retina por la permanencia de la imagen cuando ésta ha desaparecido, creando un imaginario plural que cobra forma lentamente.

Los negros profundos, inmensos azules, verdes atardeceres, amarillos fríos, rosas destellantes… que de un estado a otro llevan la mirada del espectador hacia un estado de ánimo, donde puede percibir el calor del objeto, la tensión del cuadro, su efecto envolvente. La artista va depositando la materia en finas capas de colores esperando que en sus estratos aparezca la luz, la forma y el espacio deseados.

Las formas geométricas de sus obras establecen una constante relación entre el orden reconocible y las exigencias de algo no premeditado, algo que tiene lugar y sucede en la misma acción, cuando se realiza, dejando en el proceso de ejecución un grado de indeterminación expresiva y gestual no dirigido a la razón, sino hacia aquellos procesos perceptivos del inconsciente en los que cobra relieve el placer desinteresado que produce el juego del azar.

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